Hoy hace nueve años que Clodoaldo Pereira da Silva Moraes, hombre pobre pero de ilustre estirpe, se “desincompatibilizó” con este mundo. Tuvo él, entre otras prebendas encontradas en su modesto aunque lírico camino, la de ser mi padre. Y como en sus tiempos no había todavía esa ingeniosa promoción de prensa (para usar un anglicismo tan en boga) llamada “El Día del Padre” (con la calurosa bendición, dicho sea de paso, de los comerciantes locales), quiero, en la ocasión, traer a esta crónica el humilde presente que nunca le ofrecí cuando niño; no sólo porque, entonces, la fecha no existía, sino porque el escaso numerario que yo conseguía en las épocas de pantalones cortos, era hurtado a sus faltriqueras; hurtos cuidadosamente planeados y ejecutados muy temprano antes de que se levantase para el trabajo, y que nunca iban más allá de una moneda de esas grandes de 400 réis. Yo extraía un placer extraordinario de esas incursiones a su cuarto caliente de sueño, y operaba en sus bolsillos con el ojo pegado a él, oyéndole el dulce ronquido que para mí era el summum. Quien nunca tuvo un padre que ronca no sabe lo que es tener padre.
Si Clodoaldo Pereira da Silva Moraes y yo cambiamos diez palabras durante su vida, es mucho. Buen día, cómo te va, hasta la vuelta, y a veces ni siquiera eso. Hay personas con quienes las palabras son innecesarias. Nosotros nos entendíamos y amábamos en silencio, mi padre y yo. Quizá por el hecho de emocionarme tanto su figura siempre evité pisar con él el terreno de las cosas emocionales, puesto que estoy seguro de que, si hubiéramos comenzado a hablar, habríamos caído ambos en el llanto, tan grandes eran en nosotros los motivos para llorar: todo lo que podía haber sido y que no fue; todo lo que nos hubiera gustado dar el uno al otro, y a los que nos eran más queridos, y no podíamos; el orgullo da un padre poeta inédito por su hijo publicado y premiado, y el deseo en ese hijo de que fuese lo contrario…, tantas cosas que hacían que nuestros ojos no se demorasen demasiado cuando se encontraban, volviendo difíciles nuestras palabras. Porque las ganas verdaderas eran las de abrazarme con él, sentir su barba en la mía, acariciarle los ralos cabellos y llorar juntos nuestra inepcia para construir un mundo palpable.
De entre mis amigos que conocieron a mi padre quizás Augusto Federico Schmidt y Octavio de Faria sean los que mejor puedan atestiguar su paciencia para con la vida y la enorme bondad de su corazón. Y su generosidad. Nunca hijo alguno hubiera tenido más de haber sido él un hombre de fortuna. Siempre recuerdo las Navidades pasadas en la casita de la Isla del Gobernador y la maratón que hacíamos, mis hermanos y yo, cuando el pequeño tranvía que lo traía del Galeac, donde atracaban las barcas, rechinaba en la curva y se aproximaba, bamboleante y lleno de luces, a la parada junto al gran almendro de la playa de Cocotá. Eran racimos de regalos, a veces regalos de padre rico, como el juego de piezas para armar, ciertamente de procedencia americana, que me regaló y con el que construí, durante varios años seguidos, puentes, molinos, edificios, grúas y todo lo demás. Y los fabulosos Almanaques do Tico-Tico, leídos y releídos, y de los cuales, una vez arrancada la materia, recortábamos las figuras queridas de Gibi, Chiquinho, Lili y Zé Macaco.
Como poeta, mi padre fue un pos-parnasiano con un pie en el simbolismo. Es tradición familiar que Bilac, su amigo, lo instó a publicar sus versos, que las manos filiales de mi hermana Leticia habían de copiar y reunir amorosamente después, en un gran cuaderno de tapas negras. Hay un soneto suyo que me celebra todavía en el vientre materno. Yo también escribí en su memoria una elegía en medio de las lágrimas, en la oscuridad de mi escritorio en Los Ángeles, cuando, el día 30 de julio de 1950, la voz materna a través de siniestras espirales metálicas me anunció por el teléfono intercontinental, a las 3 de la madrugada, su muerte.
Río, 30 de julio de 1959
Para Vivir un Gran Amor. Ed. de la Flor.